Este es el nuevo plan de Brasil para proteger los bosques tropicales
Mientras el mundo se prepara para la cumbre climática COP30 en Belém, Brasil, una iniciativa se abre paso entre las discusiones diplomáticas y las tensiones políticas: el Tropical Forests Forever Facility (TFFF).
Este nuevo fondo, presentado por el gobierno brasileño, promete transformar la conservación de los bosques tropicales en una inversión global, con un objetivo financiero tan ambicioso como urgente: recaudar 125 mil millones de dólares para proteger la selva amazónica y otros ecosistemas clave del planeta.
El fondo no solo busca frenar la deforestación; pretende redefinir el valor del bosque en pie. Pero detrás de su promesa surgen interrogantes sobre justicia, gobernanza y coherencia política —sobre todo en un continente donde la conservación sigue siendo un desafío atravesado por desigualdad y conflicto.
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El TFFF plantea un nuevo modelo de financiamiento climático: pagar directamente a los países tropicales por conservar o restaurar sus bosques, reconociendo el papel que desempeñan en absorber carbono, regular lluvias y sostener biodiversidad.
Brasil impulsa la propuesta como anfitrión de la COP30, en colaboración con más de 70 países que albergan selvas tropicales en América Latina, África y Asia. Su meta inicial es atraer 25,000 millones de dólares de capital público y filantrópico, que luego movilizarían hasta 100,000 millones adicionales del sector privado.
En palabras del ministro de Finanzas brasileño, Fernando Haddad, el fondo busca “premiar a quienes protegen la vida, no solo castigar a quienes la destruyen”. Pero el reto no es menor: convertir esa visión en un mecanismo transparente, equitativo y eficaz en un contexto donde las promesas de financiamiento climático rara vez se cumplen del todo.
Para América Latina, esta propuesta tiene un eco profundo. La región alberga cerca del 57% de los bosques tropicales del planeta y millones de personas que dependen directamente de ellos. Desde las comunidades amazónicas hasta las selvas del Petén en Guatemala o el Chocó colombiano, los bosques son fuente de vida, cultura y sustento.
Si el TFFF logra implementarse con justicia, podría significar una transferencia real de recursos hacia comunidades indígenas y locales. Según los documentos preliminares del fondo, al menos el 20% de los pagos estaría destinado a estas poblaciones. Sería un paso inédito en el reconocimiento económico de su papel como guardianes de la selva.
Sin embargo, el desafío es que los beneficios no queden atrapados en estructuras burocráticas o financieras que marginen a los mismos pueblos que sostienen la conservación día a día.

Brasil, el país que lidera la propuesta, enfrenta críticas por mantener proyectos petroleros y obras de infraestructura dentro del bioma amazónico. Esta contradicción alimenta la duda sobre si el TFFF será un verdadero punto de inflexión o un instrumento diplomático más.
Además, expertos advierten sobre la definición ambigua de qué se considera un “bosque apto” para recibir financiamiento. Algunos borradores permiten incluir áreas degradadas o con tala industrial ligera, lo que podría distorsionar los objetivos ambientales.
El énfasis en la inversión privada también genera debate. Si el fondo depende excesivamente del mercado, existe el riesgo de que las decisiones se orienten más al retorno financiero que a la justicia climática o los derechos territoriales.
La promesa de este fondo va más allá del dinero. Se trata de replantear el modelo de desarrollo de los países tropicales, donde por décadas se ha asumido que la prosperidad viene de explotar los recursos naturales.
El fondo prevé pagos de alrededor de 4 dólares por hectárea (1,60 dólares por acre) de bosque en pie, lo que podría no ser un incentivo suficiente para prevenir la deforestación, y se aplica a zonas con tan solo un 20% de cobertura forestal, lo que, según algunos ambientalistas, establece un umbral demasiado bajo.
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Los bosques tropicales son intrínsecamente valiosos. Son ricos en biodiversidad y absorben grandes cantidades de dióxido de carbono de la atmósfera, lo que ralentiza el calentamiento del planeta. Regulan el ciclo hidrológico y también el clima local.
Si se cumple su espíritu, el TFFF podría marcar una transición: pasar de un paradigma extractivista a uno regenerativo, donde mantener el bosque en pie sea más rentable —y más digno— que destruirlo.
Para lograrlo, será esencial fortalecer los mecanismos de gobernanza local, garantizar la participación comunitaria y asegurar que las voces indígenas tengan un asiento en la mesa donde se toman las decisiones.
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