Mujeres en México se unen para rescatar granjas aztecas
En Xochimilco y San Gregorio Atlapulco, un pequeño grupo de mujeres está abriendo camino en un territorio históricamente dominado por hombres: las chinampas. Sin ayuda que las respaldara, han comprado parcelas para cultivarlas de manera sostenible y rescatar un ecosistema hoy amenazado por la contaminación, el turismo masivo y el desarrollo urbano.
Entre ellas están Ordóñez y Cassandra Garduño, quienes, tras historias personales distintas, se unen con el mismo propósito: devolver vida a la tierra y al agua que sostienen este sistema agrícola ancestral.
Con esfuerzo han limpiado canales llenos de basura, sembrado maíz, hortalizas y flores, y desafiado la creencia de que solo los hombres tienen la fuerza para trabajar la chinampa. Su labor es también un acto de resistencia y de preservación cultural frente al abandono y la degradación ambiental.
Después de años fuera, Ordoñez regresó a San Gregorio en 2021 para dedicarse al cultivo de chinampas. Había ido a la universidad y luego pasó largas temporadas en Ecuador trabajando en iniciativas de conservación. En su regreso se impresionó por la degradación de su tierra: el bajo nivel de los canales, la creciente contaminación, las chinampas abandonadas.
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“Las chinampas pueden tener hasta ocho rotaciones al año, mientras que en otros sistemas se pueden tener dos o tres”, explicó Garduño. Por eso, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reconoció a las chinampas como uno de los sistemas agrícolas más productivos del planeta.

Desde 2016, colabora con la Universidad Nacional Autónoma de México, asesorando a otros agricultores que desean dejar de usar agroquímicos y recuperar estas prácticas tradicionales que también ayudan a preservar el ecosistema.
En las chinampas se instalan filtros hechos de plantas acuáticas para limpiar el agua e impedir el paso de carpas y tilapias. Introducidas en Xochimilco en la década de 1980, estas especies invasoras se convirtieron en depredadoras de los habitantes más distinguidos de este ecosistema: el ajolote mexicano.
Hoy en día, este anfibio está al borde de la extinción debido a estas especies invasoras y a una combinación de factores que contaminan los canales: la descarga de aguas residuales del crecimiento urbano de la zona, el turismo masivo y el uso de agroquímicos en muchas chinampas.
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“Las chinampas son un agroecosistema artificial creado para abastecer de alimentos a toda la población en la época prehispánica. Y eso perdura hasta nuestros días”, dijo Mendoza. “Así que la manera de conservar Xochimilco es también conservar la chinampa”.
Pero un paseo por la zona un domingo cualquiera deja claro que cada vez hay menos chinampas dedicadas a la agricultura. Cada fin de semana, cientos de personas vienen aquí a jugar al fútbol en chinampas convertidas en campos o a beber a bordo de las trajineras, embarcaciones de colores vivos.

El deterioro del humedal es innegable: un estudio del biólogo Luis Bojórquez Castro, de la Universidad Autónoma Metropolitana, revela la presencia de contaminantes que van desde metales pesados como hierro, cadmio y plomo, hasta aceites, detergentes y pesticidas. Gran parte de estos provienen de las plantas de tratamiento que descargan sus aguas en Xochimilco, así como de las chinampas que recurren a agroquímicos.
Este humedal es el último vestigio de lo que fue la gran Tenochtitlán, la capital del Imperio Azteca construida sobre los lagos que antaño llenaban el Valle de México. Aunque hoy en día lo que queda de Xochimilco representa solo el 3% de la extensión original de esos lagos, sigue siendo clave para la estabilidad de la ciudad.
Si desapareciera, la temperatura promedio de la capital podría aumentar hasta 2 grados Celsius (3.6 Fahrenheit), según el biólogo Luis Zambrano. Xochimilco y San Gregorio también reducen las inundaciones durante la temporada de lluvias, proporcionan una reserva natural de dióxido de carbono y albergan cientos de especies, como garzas y la rana Tláloc.
Garduño menciona que la chinampa es el futuro del sistema agrícola. Sueña con que en una década muchas más mujeres se sumen a cuidarlas y recuerda que la conservación sólo será posible con el esfuerzo compartido de hombres y mujeres para proteger lo que aún queda de este patrimonio natural y cultural.
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