Energía de aguas residuales puede alimentar la calefacción y enfriamiento en edificios
En Denver, Estados Unidos, una innovación poco conocida está transformando un problema urbano en una oportunidad climática: el calor presente en las aguas residuales se está utilizando para calefaccionar y enfriar edificios completos sin combustibles fósiles.
Dentro del complejo del National Western Center, aulas, centros de eventos, un hospital veterinario y otras instalaciones funcionan ahora con un sistema que reduce drásticamente la dependencia de gas natural y otros combustibles fósiles.
A diferencia del aire exterior, cuya temperatura fluctúa constantemente, el agua residual mantiene una temperatura relativamente estable durante todo el año, en torno a los 21°C (70 °F). Esto ocurre porque el agua que usamos en duchas, lavadoras y lavaplatos se mezcla y circula de forma continua por la red de alcantarillado. Ese flujo constante convierte a las aguas residuales en una fuente energética predecible, incluso durante inviernos fríos o veranos extremos.
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Este sistema no implica quemar residuos ni manipular directamente aguas contaminadas en espacios habitables. El proceso utiliza intercambiadores de calor sellados, donde la energía térmica del agua residual se transfiere a un circuito separado de agua limpia. Esa energía alimenta bombas de calor que la elevan o reducen según sea necesario para calefacción o refrigeración.
El recorrido comienza cuando el agua residual entra a una cámara subterránea. Allí se separan sólidos grandes y se controla el flujo antes de pasar por el intercambiador de calor. Este componente clave permite capturar la energía térmica sin contacto directo entre el agua sucia y el sistema de climatización del edificio.
Posteriormente, las bombas de calor ajustan la temperatura y la distribuyen mediante un sistema centralizado de calefacción y enfriamiento. El resultado es un modelo de district energy que reemplaza calderas tradicionales y sistemas de aire acondicionado convencionales, reduciendo consumo energético y emisiones de carbono asociadas.
Este sistema no genera olores, no afecta el tratamiento de aguas residuales y puede operar de manera silenciosa y continua. Es, en esencia, una tecnología que aprovecha un recurso que ya existe y que normalmente se desperdicia.
Uno de los puntos más relevantes de esta innovación es que esta solución no requiere construir nuevas fuentes de energía desde cero. Las ciudades ya cuentan con redes de alcantarillado que transportan grandes volúmenes de agua durante todo el día. Integrar sistemas de recuperación de calor en puntos estratégicos permite transformar esa infraestructura en una aliada de la acción climática.
En el caso del National Western Center, el proyecto forma parte de un plan más amplio para reducir la huella de carbono del complejo y demostrar que los sistemas urbanos pueden diseñarse bajo principios de economía circular: lo que antes era un desecho se convierte en un insumo energético.

La calefacción y el enfriamiento de edificios representan una porción significativa de las emisiones urbanas. En muchas ciudades, estos sistemas dependen casi por completo de combustibles fósiles. La recuperación de calor de aguas residuales ofrece una alternativa local, constante y menos vulnerable a crisis energéticas externas.
Además, al tratarse de un sistema centralizado, puede ampliarse para abastecer barrios enteros, campus universitarios o complejos públicos. Esto abre la puerta a modelos urbanos donde la energía se produce y se consume en el mismo territorio, reduciendo pérdidas y fortaleciendo la resiliencia frente a eventos climáticos extremos.
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Esta iniciativa pone sobre la mesa una idea poderosa: la transición energética no solo depende de nuevas tecnologías, sino de repensar los sistemas que ya existen. El alcantarillado, tradicionalmente asociado a contaminación y problemas sanitarios, aparece aquí como una infraestructura con potencial climático.
En un contexto de crisis climática, donde las ciudades buscan reducir emisiones sin comprometer el bienestar de la población, soluciones como esta invitan a mirar hacia abajo —literalmente— y preguntarnos cuántas oportunidades están fluyendo bajo nuestros pies sin que las estemos aprovechando.
Más que una curiosidad tecnológica, la recuperación de calor de aguas residuales representa un cambio de paradigma: pasar de ver los desechos únicamente como un problema, a reconocerlos como parte de la solución. En la carrera por ciudades más limpias, eficientes y justas, incluso lo que tiramos puede ayudarnos a construir un futuro energético distinto.
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