Falta de data climática agrava crisis por lluvias en Colombia y Venezuela
A finales de junio de 2025, intensas lluvias movilizaron alertas en el norte de Sudamérica. En Colombia, un deslave en la vereda Granizal (Antioquia) sepultó viviendas y causó 27 muertes; en Venezuela, miles debieron evacuar de zonas como Mérida o Táchira debido a inundaciones que arrasaron cultivos y hogares.
Investigadores del consorcio World Weather Attribution (WWA) acudieron con urgencia para indagar si el cambio climático intensificó estas lluvias. Pese a que la investigación revisó amplias bases de datos en cuencas como la del río Magdalena y regiones como los Llanos venezolanos, concluyeron que los resultados fueron inconclusos, en parte porque faltan datos históricos confiables y los modelos climáticos globales no están diseñados para climas tropicales complejos como los de estos países.

Términos como “injusticia científica” reflejan una realidad: países del Sur Global, con recursos limitados, carecen de redes de observación, estaciones meteorológicas y modelos adaptados, lo que dificulta evaluar cómo el cambio climático impacta sus eventos extremos. En contraste, naciones del Norte Global cuentan con datos y herramientas sofisticadas que permiten atribuciones climáticas con mayor precisión, dejando en desventaja a los más vulnerables.
Los estudios WWA señalaron que, en el clima actual (1.3°C más cálido que el periodo preindustrial), las lluvias en Colombia ocurren cada 10 años en promedio y en Venezuela cada 3 años. Sin embargo, no se pudo determinar si su intensidad fue acentuada por el calentamiento global. Esto no descarta una influencia climática, pero subraya la falta de certeza científica, que equivale a vivir una “injusticia” pues restringe la capacidad de prevención.
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Profesores como Paola Arias, de la Universidad de Antioquia, destacan que estas lluvias se sumaron a patrones anómalos desde enero, en sitios geográficamente inestables y ya saturados por deforestación y cambios en el uso del suelo, lo que incrementó su fragilidad frente a deslaves. Además, el crecimiento de asentamientos informales en laderas amplificó el riesgo humano.
Los investigadores advierten que, aunque aún no se puede afirmar que el cambio climático fue el origen de la tragedia, sí está incrementando el riesgo de otros extremos en la región: olas de calor, sequías e incendios serán más intensos y frecuentes.
Frente a esta brecha, WWA y científicos locales reiteran que invertir en investigación climática es clave: mayores redes de monitoreo, financiación a largo plazo y desarrollo de modelos adaptados. El objetivo es entender patrones reales de clima extremo, hacer atribuciones precisas y adelantarse a los riesgos con sistemas de alerta temprana eficaces.

Paola Arias sintetiza: “No es tanto si el clima cambió estas lluvias, sino el hecho de que sin datos no podemos prepararnos”.
En su momento, la Corte Interamericana de Derechos Humanos afirmó que el derecho a la ciencia es un derecho humano: el acceso equitativo a conocimiento y tecnología para enfrentar crisis climáticas también es una obligación estatal.
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