Cómo Ghana se convirtió en el vertedero de la moda
Ghana se ha convertido en uno de los mayores “vertederos textiles” del mundo. Cada semana llegan al país decenas de millones de prendas de segunda mano desde Europa, EEUU y otros países ricos. Gran parte de ellas es de muy baja calidad y termina como basura. Estos montones de ropa desechada afectan gravemente los ecosistemas locales y la vida de las comunidades ghanesas.
La acumulación masiva de ropa en Ghana ha contaminado playas y ríos. En Accra los residuos textiles cubren vertederos informales como Old Fadama, donde las viviendas se levantan sobre montañas de desechos. La laguna Korle, una fuente vital de agua, está ahora “sumamente contaminada” con ropa, plásticos y aguas negras, creando un serio riesgo sanitario. Los pescadores locales afirman que atrapan “más ropa que peces” en sus redes, y el agua contaminada ya no sirve para beber ni para regar.
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Ante esta crisis, surgen iniciativas de la sociedad civil y nuevas regulaciones a distintos niveles, la Fundación Or es pionera en movilizarse contra el desperdicio textil. Organiza limpiezas de playas en Accra e investiga el impacto en el medio ambiente y la salud. También promueve la moda circular: cada año celebra el festival Obroni Wawu October, donde diseñadores locales convierten ropa de desecho en nuevas prendas de moda.
Una de las principales líderes es Yvette Yaa Konadu Tetteh (directiva de la Fundación Or), quien en 2023 nadó 450 km por el río Volta tomando muestras de agua para evidenciar la contaminación textil y crear conciencia pública. El lema de su travesía fue “quiero que la gente entienda el valor que tenemos en Ghana”. Otros diseñadores y emprendedores locales también reclaman cambios: improvisan ropa con tejidos reciclados para evitar que más prendas terminen en vertederos.

Organizaciones globales como Greenpeace han denunciado lo que llaman el “neocolonialismo textil”, es decir, que los países ricos exportan su basura textil a África. Estos grupos presionan por reglamentos de responsabilidad extendida del productor (EPR) y campañas de educación al consumidor.
Por ejemplo, Greenpeace mostró que casi el 90% de la ropa exportada a Ghana es sintética, liberando microplásticos y PFAS nocivos. También se proponen tecnologías de reciclaje textil avanzado y trazabilidad (blockchain) para evitar que las prendas terminen en vertederos. A nivel gubernamental, varios países africanos han empezado a restringir las importaciones de ropa usada.
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Ruanda subió aranceles en 2018 y Uganda anunció prohibir ropa “de muertos” tras quejas de que socavan la industria local. Aunque estas medidas buscan aliviar el problema, expertos advierten que solos no bastan si no se combaten las causas (sobreproducción, consumo excesivo). En Europa y EE.UU. comienzan también a discutirse normativas más estrictas: por ejemplo, la UE está elaborando una estrategia textil sostenible que exigirá mayor transparencia y reciclaje en toda la cadena de suministro textil.
En respuesta a la crisis, diversos movimientos abogan por un modelo más responsable. Además de campañas de ONG y regulaciones, surgen soluciones tecnológicas y de economía circular. Existen proyectos de reciclaje textil que convierten la ropa usada en nueva materia prima (por ejemplo, transformando prendas viejas en fibras para fabricar nuevas telas).

También se impulsa la moda lenta y el consumo consciente: promover el uso prolongado de prendas, su reparación, intercambio y reventa, en lugar de desecharlas. A nivel internacional se promueven pactos y acuerdos voluntarios (por ejemplo, el Pacto de la Moda Sostenible en el G7) para alinear a marcas y gobiernos en la reducción de desechos textiles.
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