Educación bajo amenaza: clima extremo está interrumpiendo el aprendizaje
El cambio climático no solo derrite glaciares o devasta cosechas: también está vaciando las aulas. Según datos recientes de UNICEF, en 2024 al menos 242 millones de estudiantes en el mundo, uno de cada siete, vieron interrumpida su educación por fenómenos climáticos extremos. Entre ellos, las olas de calor fueron el principal factor, afectando a más de 171 millones de niñas, niños y adolescentes.
Las cifras son contundentes y revelan una tendencia inquietante: la educación se está convirtiendo en una de las víctimas silenciosas de la crisis climática. Aulas inhabitables, techos que se derrumban tras una tormenta, carreteras intransitables por inundaciones y maestros obligados a suspender clases son parte de un nuevo paisaje educativo. Y sin embargo, advierte UNICEF, la educación rara vez figura en las estrategias nacionales de adaptación climática.
Durante una ola de calor, las aulas pueden transformarse en hornos. Los niños son fisiológicamente más vulnerables que los adultos: se calientan más rápido, sudan menos y su organismo tarda más en regular la temperatura. Esto no solo los expone a golpes de calor y deshidratación, sino que también afecta su concentración y capacidad de aprendizaje.
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En países como Bangladesh o Filipinas, el calor ya está obligando a reducir jornadas escolares. Algo similar ocurrió en Brasil, donde a inicios de 2025 varias ciudades del sur suspendieron clases debido a temperaturas que superaron los 40°C. En Puerto Rico, los ventiladores de muchas escuelas funcionan a medias o han colapsado por fallas eléctricas, dejando a estudiantes y docentes sin protección frente al calor.
Las consecuencias van más allá del malestar físico. Estudios recientes muestran que el rendimiento académico, especialmente en materias complejas como matemáticas, se desploma en contextos de calor extremo.
Si el calor obliga a cerrar aulas, las tormentas destruyen las que quedan en pie. En Mozambique, el ciclón Chido dañó más de 1,100 salones de clase en diciembre, afectando a 100,000 estudiantes. En África occidental, las inundaciones en Níger y Malí arrasaron con miles de escuelas, retrasando por meses el inicio del ciclo escolar.

La realidad latinoamericana tampoco es distinta. El huracán Matthew (2016) destruyó unas 300 escuelas en Haití. En 2020, las tormentas Eta e Iota obligaron a usar cientos de escuelas en Nicaragua, Honduras y Guatemala como refugios de emergencia, lo que prolongó el cierre educativo en comunidades ya vulnerables. Y en 2024, en Ciudad de Guatemala, varias escuelas restringieron actividades al aire libre para evitar desmayos por calor durante el recreo.
En todos estos casos, la dinámica es similar: la educación es uno de los primeros servicios en suspenderse y el último en restablecerse. Cuanto más largo es el cierre, mayor es el riesgo de que niños y niñas —especialmente las niñas— abandonen definitivamente la escuela, expuestas a riesgos de trabajo infantil, matrimonios tempranos o violencia.
El impacto de estas crisis no se reparte de forma equitativa. Alrededor del 74% de los estudiantes afectados por interrupciones climáticas vive en países de bajos ingresos o en contextos frágiles. Estos niños carecen de internet estable, materiales en casa o espacios seguros para continuar aprendiendo.

En Sudán del Sur, una ola de calor en marzo obligó a cerrar todas las escuelas del país, afectando a 2,2 millones de estudiantes. En América Latina, la vulnerabilidad se intensifica en áreas rurales e indígenas, donde la infraestructura escolar suele ser precaria y la conectividad mínima, limitando las opciones de educación a distancia.
Pese a la magnitud del desafío, las soluciones no siempre requieren grandes inversiones. Pintar techos de blanco para reducir la acumulación de calor, capacitar a docentes para responder ante emergencias o reforzar la ventilación de los edificios son medidas accesibles que pueden marcar una gran diferencia. UNICEF calcula que una inversión única de menos de 20 dólares por estudiante podría mitigar de forma significativa los efectos del cambio climático sobre el aprendizaje.
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Más allá de lo material, la educación climática es otro frente crucial. Enseñar a los niños cómo protegerse en olas de calor, huracanes o inundaciones puede salvar vidas y acelerar la recuperación tras un desastre. Incluir la educación en las estrategias de adaptación climática no es un lujo: es una necesidad urgente.
La disrupción educativa provocada por el cambio climático no es un fenómeno futuro: es una realidad actual que ya afecta a millones. Cada escuela dañada o cerrada representa mucho más que un edificio vacío: significa infancias interrumpidas, desigualdades reforzadas y futuros truncados.
Invertir en infraestructuras resilientes, planes de continuidad y educación climática es proteger el capital humano que sostendrá el desarrollo y la resiliencia de nuestras sociedades. No hacerlo es condenar a millones de niños a perder no solo días de clase, sino la oportunidad de construir un futuro en el que puedan aprender, adaptarse y resistir.
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