¿Progreso o negación? Invertimos en naturaleza artificial mientras la real desaparece
Domos que recrean selvas tropicales, cascadas que fluyen en centros comerciales, osos polares en vitrinas con aire acondicionado. Mientras los ecosistemas del planeta colapsan a un ritmo sin precedentes, los humanos parecieran haber encontrado una solución contradictoria: simular la naturaleza, consumirla como espectáculo y convencernos de que eso basta para estar conectados con el mundo natural.
Esa es la crítica central del proyecto The Anthropocene Illusion, del fotógrafo británico Zed Nelson, quien recorrió durante seis años más de 14 países documentando el auge de estas “naturalezas artificiales”. En entrevista con The Guardian, Nelson lanza una advertencia visual y emocional sobre la forma en que nos estamos volviendo adictos a lo falso, mientras ignoramos la destrucción de lo auténtico.
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El fenómeno que Nelson retrata no es nuevo, pero sí cada vez más frecuente y sofisticado: parques con selvas interiores en países sin bosques; playas artificiales en zonas montañosas; estaciones de esquí con nieve sintética en climas cálidos; zoológicos que actúan más como vitrinas publicitarias que como centros de conservación.
Este tipo de espacios ofrecen una experiencia controlada, segura y visualmente perfecta. Sin insectos, sin humedad incómoda, sin peligros reales. Pero también sin vida salvaje, sin ciclos naturales, sin conexión emocional profunda.

“Nos sentimos cómodos con estas versiones de la naturaleza porque no nos exigen nada”, afirma Nelson. “Nos permiten seguir viviendo como si no pasara nada, mientras el planeta real está en llamas o bajo el agua”.
Las imágenes de The Anthropocene Illusion son tan impactantes como familiares: un oso polar en una jaula de vidrio en Dubái, un manglar recreado en el interior de un centro comercial, turistas tomando selfies en una playa artificial bajo un domo. Son escenas cotidianas en una era que ha convertido lo natural en un producto más.
Esta paradoja se da en un contexto alarmante: desde 1970, las poblaciones de animales silvestres han disminuido en promedio un 73%, y apenas el 3% del planeta conserva ecosistemas ecológicamente intactos. A pesar de estos datos, la respuesta dominante no ha sido restaurar lo perdido, sino copiarlo.
Nelson advierte que estamos entrando en una fase donde la “naturaleza” que conocemos será cada vez más una construcción humana, cuidadosamente diseñada para entretenernos, pero sin función ecológica real.


El título del proyecto no es casual. El Antropoceno, nombre propuesto para la actual era geológica dominada por la actividad humana, también podría describirse como una era de ilusión: la ilusión de control sobre la naturaleza, la ilusión de separación entre humanidad y ecosistemas, la ilusión de que podemos reemplazar lo que destruimos.
Zed Nelson cita al crítico cultural John Berger, quien escribió que “los animales en los zoológicos son un monumento viviente a su propia desaparición”. La frase resuena con fuerza en este momento histórico, donde la pérdida de biodiversidad ocurre a un ritmo tan acelerado que muchos niños crecerán conociendo especies solo a través de pantallas o experiencias simuladas.
Lejos de ser solo una denuncia, el trabajo de Nelson invita a una reflexión profunda. ¿Estamos dispuestos a aceptar este simulacro como sustituto? ¿O podemos aún reconectar con lo vivo, restaurar lo dañado y cambiar la lógica extractiva que nos trajo hasta aquí?
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Revertir la ilusión implica un cambio de conciencia: entender que la naturaleza no es una escenografía, sino un sistema del cual dependemos. Implica defender los territorios todavía intactos, restaurar los que han sido degradados, y cuestionar el modelo de consumo que alimenta esta crisis ambiental.
Para las comunidades de América Latina y el Sur Global, donde aún existen muchos de los ecosistemas reales que el norte ya perdió, el mensaje es claro: no hay que dejarse seducir por la versión en vitrina. La lucha por preservar lo vivo debe ser colectiva, urgente y real.
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