El huracán Melissa revela una realidad de la que no estamos preparados
El huracán Melissa tomó por sorpresa a meteorólogos y comunidades del Caribe. En cuestión de horas, pasó de tormenta tropical a huracán categoría 5, con vientos que superaron los 260 km/h y lluvias torrenciales que devastaron Jamaica y otras islas a su paso. Su fuerza no solo dejó destrucción: dejó también un mensaje claro sobre la era climática que estamos viviendo.
Melissa no es un caso aislado. Representa una nueva generación de huracanes —más intensos, más impredecibles y más peligrosos— que están redefiniendo la relación entre el océano, la atmósfera y la vida humana en las costas.
Durante los últimos meses, el Atlántico tropical y el Caribe han registrado temperaturas oceánicas récord. En el momento en que Melissa se formó, las aguas estaban entre 2 y 3 °C por encima del promedio histórico. Esa energía extra actuó como combustible: cuanto más cálido el mar, más vapor de agua y calor ascienden hacia la tormenta, fortaleciendo sus vientos y precipitaciones.
Educación bajo amenaza: clima extremo está interrumpiendo el aprendizaje
“Fue una intensificación explosiva”, describen los científicos. En menos de 24 horas, Melissa pasó de ser una amenaza moderada a una catástrofe inminente. Este fenómeno, conocido como intensificación rápida, está ocurriendo con más frecuencia a medida que el planeta se calienta.
El resultado es doblemente peligroso: no solo produce huracanes más violentos, sino que reduce el tiempo de preparación de las comunidades costeras. Cuando las alertas llegan tarde, la posibilidad de evacuar se desvanece y el riesgo se multiplica.
Los vientos de Melissa arrasaron techos, carreteras y redes eléctricas. Las lluvias provocaron inundaciones y deslizamientos en zonas deforestadas, donde la pérdida de cobertura vegetal dejó el suelo expuesto a la erosión. En muchas comunidades, el desastre no solo fue meteorológico, sino también social: viviendas precarias, falta de planificación urbana y sistemas de drenaje insuficientes amplificaron el impacto.
Los daños materiales se calculan en miles de millones de dólares, pero las pérdidas humanas y ambientales son incalculables. Cada tormenta de esta magnitud erosiona también la estabilidad emocional y económica de los territorios que golpea.

Los científicos llevan años advirtiendo que el cambio climático no necesariamente incrementará el número total de huracanes, pero sí su severidad. A medida que el océano absorbe más calor, los eventos extremos ganan potencia, y algunos huracanes avanzan más lentamente, descargando lluvias durante más tiempo sobre el mismo punto.
Para que se produzca una intensificación rápida de los ciclones tropicales, se requiere un conjunto específico de condiciones: alta humedad atmosférica, baja cizalladura del viento (la variación de la velocidad del viento con la altura) y temperaturas cálidas en la superficie del mar.
Investigaciones recientes sugieren que, desde principios de la década de 1980, el calentamiento de los mares y una mayor humedad atmosférica hacen que estas condiciones sean cada vez más frecuentes. Estas tendencias no se pueden explicar por la variabilidad natural. Al parecer, el cambio climático antropogénico está aumentando significativamente la probabilidad de una intensificación rápida.

Melissa se movió tan despacio que, en algunos momentos, su velocidad de desplazamiento fue menor que la de una persona caminando. Esa lentitud, combinada con lluvias récord, convirtió zonas enteras en ríos improvisados y aumentó el riesgo de deslizamientos fatales.
En países como Jamaica o República Dominicana, la deforestación de cuencas y la urbanización acelerada en laderas han dejado comunidades expuestas. Los efectos se amplifican en territorios con menos recursos para responder ante emergencias, y donde los sistemas de alerta aún no logran anticipar tormentas tan volátiles.
Fortalecer los sistemas de alerta temprana, restaurar bosques y manglares que amortigüen las lluvias, invertir en drenajes urbanos sostenibles y diseñar viviendas más resistentes son pasos urgentes. Pero igual de importante es reconocer que estas medidas locales deben ir acompañadas por políticas globales de mitigación que frenen el calentamiento de los océanos.
Te recomendamos: Adaptación y Mitigación: respuestas clave frente al cambio climático
El huracán Melissa es más que una catástrofe meteorológica: es un recordatorio de que el cambio climático ya no es una amenaza futura, sino una realidad presente. Cada grado de aumento en la temperatura del océano hace que estos eventos sean más intensos y más impredecibles.
La ciencia nos ha mostrado el porqué. Ahora la acción depende de nosotros: de los gobiernos que deben invertir en resiliencia, de las comunidades que se organizan para protegerse, y de la sociedad civil que exige una transición energética justa y urgente.
Suscríbete a nuestro boletín
Lo más importante en tu buzón cada semana