Ofertas de temporada están acumulando una deuda masiva con el planeta
Cada año, eventos como Black Friday, Cyber Monday y la temporada navideña marcan picos de compras sin precedentes. En 2024, por ejemplo, las ventas online del Black Friday superaron los US$ 74,4 mil millones. Pero este furor de consumo tiene un lado oscuro: cada producto que compramos —y eventualmente tiramos— deja una huella profunda en el planeta.
El auge de estas ventas masivas impulsa sobreproducción, transporte acelerado, embalajes desechables y sistemas logísticos optimizados para volumen, no para sostenibilidad. Además, muchas compras se realizan por impulso, con poco análisis sobre si realmente necesitamos ese objeto o la vida útil que tendrá. Esa lógica, conocida como “consumo rápido”, favorece el ciclo compra-desecho, y acelera la generación de residuos.
Más allá del impacto ambiental, el modelo de compras impulsadas por ofertas masivas moldea una mentalidad de “usar y botar”. Bajo esta lógica, productos comprados con euforia hoy pueden terminar en la basura mañana —sea por moda, desperfectos insignificantes, obsolescencia o simple aburrimiento. Esa mentalidad erosiona la conciencia sobre el valor real de lo que poseemos, disocia el vínculo entre consumidor y producto, y banaliza el desperdicio.
Cuando la oferta y la urgencia se normalizan, decidimos impulsados por descuentos y presiones de temporada, y estamos menos dispuestos a reparar, reutilizar o mantener lo que ya tenemos. El resultado: menos cuidado, más descartabilidad.
El problema se vuelve crítico cuando pensamos en la electrónica: smartphones, tabletas, cargadores, accesorios. Según el último Global E‑waste Monitor 2024, en 2022 se generaron 62 millones de toneladas de residuos electrónicos a nivel mundial, una cifra que representa un aumento del 82% respecto a 2010.
Aun así, solo el 22.3% de esos residuos fueron colectados y reciclados oficialmente. Esto significa que casi ocho de cada diez aparatos eléctricos y electrónicos descartados terminan en vertederos, en incineración o acumulándose en hogares sin una gestión adecuada.
Conoce más: El impacto ambiental de las compras en línea
Muchos de estos residuos provienen de compras hechas en temporadas de ofertas: la electrónica es de las categorías más adquiridas en Black Friday y Cyber Monday. Como ha señalado la prensa especializada, gran parte de esos productos no están diseñados para durar, se usan poco y luego son desechados.
Este acumulado masivo de desechos electrónicos no es un tema menor: en muchos casos significa perder materiales valiosos como cobre, oro, plata y tierras raras, recursos cuya extracción implica costos ambientales elevados.
Cuando la electrónica no se recicla adecuadamente, los componentes peligrosos pueden filtrarse al medio ambiente. Plomo, mercurio, cadmio y retardantes bromados presentes en baterías, placas y circuitos pueden contaminar suelos, aguas o aire, y tener consecuencias negativas para ecosistemas y salud humana.
Según un estudio de DW, solo el transporte derivado de las compras del Black Friday puede generar emisiones de hasta 400.000 toneladas de CO2. Pero ese transporte es apenas una parte: la producción, ensamblaje, extracción de materias primas, fabricación y embalaje de bienes consumidos en fechas de descuento suele generar muchas veces más emisiones. Incluso comprar una prenda o un dispositivo nuevo puede implicar más CO₂ del que pesa ese objeto.
En ciudades donde Black Friday se concentra, las ONG han calculado que ese pico de consumo y envíos representa un porcentaje significativo de las emisiones anuales locales. Por ejemplo, en 2019 en una capital de España ese fenómeno llegó a representar hasta 1.7% de las emisiones anuales de CO₂ de la ciudad solo por producción, transporte y embalaje.

El impacto no se limita a unas horas de compras: se acumula. Cada campaña masiva acelera la extracción de recursos, fomenta producción innecesaria, genera embalajes descartables, transporte intensivo, residuos electrónicos y textiles, y alienta una cultura de consumo rápido. Si esta lógica se repite año tras año, la presión sobre ecosistemas, recursos, clima y residuos se vuelve exponencial.
Para cambiar a un modelo más sostenible, no basta con quejarse: necesitamos reimaginar la forma en que compramos, usamos y desechamos. Aquí algunas líneas de cambio —sociales, políticas y personales— que pueden transformar el impacto del consumo masivo.
Efectos de la temporada: Impacto ambiental de las luces navideñas
Primero, impulsar el diseño de productos duraderos y reparables. Si los productos estuvieran pensados para durar, modificarse o repararse fácilmente, reduciríamos la presión sobre recursos naturales y disminuiríamos la cantidad de residuos.
Segundo, promover sistemas de economía circular: programas de recompra, reacondicionamiento, reciclaje formal eficiente, responsabilidad extendida del productor (EPR, por su siglas en inglés) y regulaciones que incentiven la recuperación de materiales. Esto no solo reduce residuos, sino que reintegra metales valiosos a la cadena productiva, disminuyendo la necesidad de nueva extracción.
Tercero, cambiar hábitos de consumo: reflexionar sobre lo que realmente necesitamos, resistir la urgencia publicitaria, valorar la reutilización, y preferir segunda mano, reparación o reacondicionado cuando sea posible. Este cambio mental reduce la demanda de nuevos productos y alivia la presión sobre el ambiente.
Finalmente, fomentar políticas públicas que exijan transparencia ambiental, gestión responsable de residuos, acceso a puntos de recolección, economía circular y educación ciudadana sobre el verdadero costo del “todo barato” y del consumo impulsivo.
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