Pueblos indígenas se hacen presentes y exigen su participación en la COP30
La COP30 abrió sus puertas en Belém con la promesa de ser “la COP de los pueblos indígenas”. El escenario no podía ser más simbólico: a las orillas de la Amazonía, en un territorio donde la selva aún respira, pero también sufre.
Sin embargo, esa narrativa oficial tuvo un quiebre evidente cuando, desde muy temprano, un grupo de manifestantes indígenas bloqueó la entrada principal del recinto para exigir algo más que visibilidad: exigieron decisiones reales.
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La protesta, liderada por el pueblo Munduruku, reunió reclamos que van desde la paralización de megaproyectos como el plan de hidrovías y el Ferrogrão —un corredor ferroviario para el transporte de granos— hasta la crítica a esquemas de créditos de carbono que, según ellos, dan permiso encubierto para seguir deforestando. También insistieron en un punto que ha marcado décadas de disputa territorial en Brasil: la urgente demarcación de sus tierras.
On the night of Tuesday, the 11th day of #COP30 — hundreds of Indigenous people rose in defiance, taking over the Blue Zone where world leaders negotiate. Their message is clear: no more empty promises — our lands, our rights, our future are not for negotiation! ✊🏾… pic.twitter.com/X42rAQK7AK
— Mr. Climate (@OlumideIDOWU) November 11, 2025
Quienes intentaban ingresar al evento debieron usar accesos laterales durante casi una hora y media. Aun así, la manifestación se mantuvo pacífica.
“Deseo que esta calidez derrita la frialdad de las personas”, dijo Cris Julião Pankararu, dejando claro que el gesto no era un bloqueo, sino un llamado profundo a ser tomados en serio.
El presidente de la COP30, André Corrêa do Lago, se acercó a dialogar con el grupo y destacó que esta es la edición más inclusiva hasta la fecha: más de 900 representantes indígenas recibieron acreditación, una cifra que contrasta radicalmente con el récord previo, que apenas rondaba las tres decenas. La pregunta incómoda, sin embargo, permanece: ¿la presencia garantiza poder?
Activistas con larga trayectoria en estas cumbres, como Harjeet Singh, sostienen que no. Para ellos, la protesta expone un patrón repetido durante 33 ediciones: quienes han protegido los bosques y la biodiversidad durante siglos siguen siendo invitados al escenario, pero no al centro de decisiones donde se define su futuro. “Son guardianes del clima, y claramente no están satisfechos con este proceso”, advirtió.

La contradicción se hizo aún más evidente en sesiones paralelas. Líderes indígenas de Ecuador alertaron que el avance del petróleo, la minería y la agroindustria está acercando a la Amazonía a un punto de no retorno. Denunciaron que sus territorios se tratan como mercancía disponible para proyectos extractivos que nunca fueron consultados. Por eso exigen financiamiento climático directo, sin intermediarios y con control comunitario.
Todo esto se desarrolla en una COP pensada para “implementar” más que para firmar un nuevo gran acuerdo. Pero para los pueblos indígenas, cualquier implementación que no frene la expansión extractiva carece de sentido. No basta con escucharles en paneles; necesitan que sus derechos se traduzcan en decisiones concretas.
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En Belém, la paradoja está a la vista: una cumbre que celebra la Amazonía, pero cuyos anfitriones enfrentan presiones políticas y económicas que chocan con los reclamos de quienes viven en ella. Una conferencia que multiplica acreditaciones indígenas, pero que todavía lucha por transformar esa representación en influencia real.

Aun así, algo cambió este año. La protesta frente al acceso principal de la COP30 envió un mensaje contundente: los pueblos indígenas no solo vienen a participar, vienen a exigir. No buscan ser decorado cultural ni “rostro oficial” de la cumbre; buscan ser actores centrales de un debate del que depende la selva que sostienen con su vida.
El desafío para la COP30 es trascender el gesto simbólico. Si realmente es la “COP amazónica”, entonces debe ser también la COP donde los pueblos indígenas no solo son vistos, sino escuchados —y donde sus palabras se convierten en decisiones que definan el futuro del mayor bosque tropical del planeta.
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