Oficialmente entramos en una bancarrota hídrica
En las últimas semanas, medios de comunicación y agencias internacionales han difundido una advertencia poco habitual y profundamente preocupante: el planeta habría entrado en una nueva fase de “bancarrota hídrica”, en la que muchos sistemas de agua dulce —ríos, acuíferos, lagos y humedales— están siendo explotados y degradados más allá de su capacidad natural de regeneración.
Esta situación, descrita por científicos de las Naciones Unidas, no se queda en una crisis temporal de escasez, sino que sugiere cambios irreversibles en la disponibilidad y calidad del agua, afectando a miles de millones de personas y ecosistemas completos.
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La expresión ha ganado notoriedad porque desafía el lenguaje tradicional de gestión del agua: ya no se habla solo de “estrés hídrico” o “crisis del agua”, sino de un estado en el que la extracción excesiva y la degradación de fuentes naturales han llevado a un punto de no retorno para muchos recursos hídricos críticos. Esto cambia radicalmente cómo los gobiernos, organizaciones y comunidades deben abordar el problema.
El concepto proviene del informe Global Water Bankruptcy: Living Beyond Our Hydrological Means in the Post-Crisis Era, elaborado por el Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas (UNU-INWEH). Según el documento, la “bancarrota hídrica” no es solo escasez severa, sino una condición en la que la humanidad ha gastado más agua de la que la naturaleza puede reponer, agotando no solo los flujos anuales, sino también las reservas a largo plazo: acuíferos, glaciares, suelos y humedales.

En términos financieros, sería equivalente a que una sociedad viva permanentemente por encima de sus ingresos y agote sus ahorros y garantías. Aplicado al agua, implica que muchos cuerpos y sistemas de agua ya no pueden volver a sus niveles históricos incluso si mejoran la gestión o llegan lluvias abundantes.
Los autores del informe sostienen que los términos tradicionales como “estrés hídrico” (alto nivel de presión sobre los recursos) y “crisis” (evento agudo con posible recuperación) no describen adecuadamente esta situación sistémica y estructural. En cambio, “bancarrota” refleja la profundidad, persistencia e irreversibilidad del problema.
Estos cambios no solo limitan el agua disponible para consumo humano, agricultura e industria, sino que también alteran ecosistemas enteros que dependen de un balance hídrico delicado.
Los impactos de esta nueva era son múltiples y se extienden mucho más allá de la simple escasez de agua potable:
Según estimaciones citadas por agencias internacionales, 4,000 millones de personas experimentan escasez severa de agua al menos un mes al año, y cerca del 75% de la población mundial vive en países clasificados como inseguros o críticamente inseguros en términos de agua.

El agua es fundamental para la agricultura —el sector que consume la mayor parte del agua dulce disponible— y su degradación pone en riesgo la producción de alimentos y la estabilidad de los mercados globales.
La competencia por recursos hídricos escasos ya ha intensificado disputas transfronterizas y locales, alimentando tensiones políticas y desplazamientos poblacionales.
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En situaciones extremas, ciudades como Kabul (Afganistán) han sido mencionadas como posibles casos de colapso total de suministro, mientras que regiones como el suroeste de los Estados Unidos enfrentan complejas negociaciones sobre ríos como el Colorado.
Los autores del informe y expertos vinculados a la ONU llaman a redefinir la política global del agua. En lugar de una respuesta basada en medidas de emergencia y eficiencia incremental, proponen lo que denominan “gestión de bancarrota hídrica”: un enfoque que reconoce los límites reales del recurso y orienta las decisiones hacia la sostenibilidad, protección de reservas naturales, priorización de derechos y reparación de impactos sociales desiguales.
Esto implica, entre otras cosas, una profunda transformación de los sistemas agrícolas —hoy responsables del 70% del uso de agua dulce—, así como inversiones en tecnologías de monitoreo, protección de humedales y políticas de equidad en el acceso al agua.
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