Los animales también están al límite por las olas de calor
Mientras millones de personas enfrentan temperaturas récord, la fauna silvestre y doméstica también sufre los embates extremos del calor. Las olas de calor provocadas por el cambio climático están llevando a animales terrestres, marinos y de granja a situaciones de estrés, deshidratación, desplazamiento e incluso muerte.
La crisis climática no distingue especies. Desde murciélagos hasta corales, todos están enfrentando las consecuencias de un planeta que se calienta más rápido de lo previsto.
A diferencia de los humanos, muchos animales no tienen mecanismos eficientes para regular su temperatura. Perros, aves y pequeños mamíferos no sudan y deben recurrir a técnicas como el jadeo, el “sploot” (cuando se estiran sobre el suelo para enfriarse) o el aleteo de garganta conocido como gular flutter, que si bien ayudan a disipar el calor, consumen gran parte de su energía vital y los dejan vulnerables frente a depredadores o enfermedades.
En Reino Unido, por ejemplo, organizaciones de rescate han documentado cambios alarmantes en el comportamiento de aves, erizos y zorros durante las recientes olas de calor, afectando sus ciclos reproductivos y sus hábitos alimenticios.
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Los animales de granja no escapan a este fenómeno. El estrés térmico en vacas, ovejas y cerdos reduce su capacidad de reproducción, disminuye la producción de leche y carne, y los vuelve más susceptibles a infecciones y enfermedades. En regiones tropicales, donde la temperatura ya es elevada gran parte del año, los efectos se agravan con olas de calor más intensas y frecuentes.
Además, el calor extremo también afecta a quienes dependen de estos animales para su sustento, ya que se generan pérdidas económicas en sectores agrícolas y ganaderos.
Una de las consecuencias más graves del calor extremo es su impacto sobre la reproducción de especies silvestres. Investigaciones recientes revelan que las altas temperaturas afectan la fertilidad y el desarrollo de embriones, reduciendo las tasas de nacimiento y aumentando las probabilidades de defectos neurológicos en crías de aves y mamíferos.
Se han documentado colapsos poblacionales en especies sensibles como liebres, murciélagos, aves migratorias y anfibios. Estos eventos no solo reducen la biodiversidad, sino que afectan las funciones ecológicas que muchas especies cumplen, como el control de plagas, la polinización o la dispersión de semillas.

En 2021, una ola de calor marino frente a las costas del Pacífico canadiense causó la muerte de más de mil millones de animales marinos, incluyendo moluscos, estrellas de mar, ostras y peces. Las altas temperaturas provocaron una cocción literal de los organismos intermareales.
En los arrecifes de coral, el calentamiento de los océanos ha intensificado el blanqueamiento masivo de corales, fenómeno que los debilita y los hace más propensos a morir, con efectos devastadores para miles de especies marinas que dependen de ellos.
El cambio climático también está forzando a algunas especies a cambiar su morfología. Un estudio sobre peces payaso mostró que, durante olas de calor oceánicas, reducen su tamaño corporal para enfrentar mejor la falta de oxígeno y el aumento térmico. Aves de climas cálidos también han mostrado disminución en el tamaño de sus cuerpos y cambios en el color del plumaje.
Aunque estos cambios podrían parecer adaptativos, muchos científicos los interpretan como síntomas de estrés evolutivo acelerado, que podría comprometer la viabilidad futura de esas especies.

Uno de los casos más impactantes ocurrió en Australia, donde más de 23 000 murciélagos voladores murieron en solo dos días durante una ola de calor. Los cadáveres caían de los árboles mientras intentaban refrescarse. Situaciones similares se han reportado en México, India y otras regiones del sur global.
En Nueva Delhi, organizaciones de rescate han visto un aumento drástico de animales urbanos —especialmente aves como milanos y palomas— colapsando por deshidratación. Centros de rescate atienden cientos de casos diarios en condiciones extremas.
Aunque muchas soluciones estructurales dependen de políticas a largo plazo, existen acciones locales y comunitarias que pueden marcar la diferencia:
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Estas medidas, aunque pequeñas, pueden reducir significativamente el sufrimiento y la mortalidad animal durante olas de calor extremas.
El impacto del calor extremo en los animales es una de las caras menos visibles —pero profundamente alarmantes— del cambio climático. Lo que hoy afecta a la fauna, mañana puede alterar ecosistemas completos, la salud humana y la seguridad alimentaria global. Visibilizar esta realidad es un paso fundamental hacia la acción.
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