La IA puede proteger la naturaleza, pero también acelerar su explotación
La inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta cotidiana. Puede traducir documentos, analizar información, crear imágenes, automatizar tareas y apoyar investigaciones científicas. El AI Index 2026 de la Universidad de Stanford señala que el 88% de las organizaciones encuestadas utilizó alguna forma de IA durante 2025.
Sus beneficios también alcanzan al medioambiente. La IA permite seguir los movimientos de animales mediante cámaras, identificar especies, detectar daños en los bosques y vigilar cambios en la cobertura de árboles. Incluso puede mejorar los pronósticos meteorológicos y ayudar a anticipar algunos fenómenos extremos.
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Sin embargo, mientras gobiernos y empresas discuten cómo regular esta tecnología, sus posibles impactos sobre la naturaleza continúan recibiendo poca atención, según un artículo de Climate Home News, basado en las preocupaciones de activistas ambientales y representantes indígenas.
Gran parte del debate ambiental se ha concentrado en los centros de datos que hacen funcionar los sistemas de inteligencia artificial. Estas instalaciones requieren enormes cantidades de electricidad para operar sus servidores y agua para evitar que los equipos se sobrecalienten. También ocupan terrenos y necesitan minerales para fabricar chips, computadoras y otros componentes.
La Agencia Internacional de Energía calcula que el consumo eléctrico de los centros de datos aumentó un 17% en 2025. En los centros dedicados principalmente a la IA, el incremento fue del 50% en un solo año.
Pero el impacto no termina en la energía o el agua. Brian O’Donnell, director de Campaign for Nature, explicó que la IA también puede hacer más rápidas, baratas y eficientes algunas actividades responsables de la pérdida de biodiversidad.

Las mismas herramientas que ayudan a observar un bosque pueden utilizarse para localizar recursos naturales y facilitar su explotación. La tecnología podría aumentar la extracción de madera, minerales y vida silvestre, además de hacer más eficientes la pesca industrial, la agricultura intensiva y las cadenas mundiales de comercio.
Según O’Donnell, estas actividades pueden provocar mayor contaminación, sobreexplotación de peces y bosques o apertura de nuevas zonas terrestres y marinas. Las redes comerciales más rápidas también podrían facilitar el traslado accidental de especies invasoras hacia ecosistemas donde antes no estaban presentes.
Esto no significa que la IA sea negativa por sí misma. El problema aparece cuando sus beneficios reciben toda la atención, mientras se ignoran las actividades perjudiciales que también puede acelerar. Los documentos de seguridad de las principales compañías tecnológicas suelen considerar riesgos laborales y sociales, pero rara vez incorporan reglas claras para proteger la biodiversidad.
Las comunidades indígenas también observan estos cambios con preocupación. Hindou Oumarou Ibrahim, lideresa ambiental indígena de Chad, advirtió que la expansión de la IA podría aumentar la presión sobre sus territorios, especialmente en lugares donde existen reservas de minerales necesarios para fabricar equipos tecnológicos.

También existe el riesgo de que empresas o gobiernos utilicen conocimientos indígenas sobre bosques, especies y manejo de la naturaleza sin consentimiento ni una distribución justa de los beneficios. Al mismo tiempo, Ibrahim reconoce que la IA puede ayudar a conservar lenguas, mapear territorios y detectar amenazas ambientales.
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Por ello, sostiene que la discusión no debería limitarse a preguntar qué puede hacer la inteligencia artificial. También debe examinar quién se beneficia, quién asume sus costos y qué medidas protegen a las comunidades y al planeta.
La respuesta no consiste en rechazar la IA, sino en utilizarla con un propósito claro. Generar contenidos que serán descartados, automatizar tareas sin una necesidad real o emplear modelos complejos para resolver problemas sencillos también representa un consumo de recursos, aunque no sea visible desde una pantalla.
Además de promover un uso más moderado, las empresas deben publicar información sobre la energía, el agua, los materiales y los terrenos que necesitan sus sistemas. Los gobiernos, por su parte, deben incorporar la protección de la naturaleza en las normas sobre inteligencia artificial.
La IA puede ser una aliada para la ciencia y la conservación. Pero para aprovechar sus beneficios sin profundizar la crisis ambiental, su crecimiento debe ir acompañado de transparencia, límites y decisiones conscientes sobre cuándo realmente es necesario utilizarla.