¿Salvar el ecosistema o una especie? Colombia enfrenta dilema con sus hipopótamos
El gobierno de Colombia ha dado un paso que durante años fue debatido, evitado y cuestionado: autorizar la eutanasia de al menos 80 hipopótamos que habitan en el país, descendientes de los animales introducidos ilegalmente por el narcotraficante Pablo Escobar en la década de 1980.
La medida forma parte de un plan integral anunciado por el Ministerio de Ambiente para frenar el crecimiento acelerado de esta población, considerada oficialmente como una especie exótica invasora desde 2022.
Actualmente, se estima que hay cerca de 200 hipopótamos en la región del Magdalena Medio, una cifra que podría dispararse hasta 500 ejemplares en poco más de una década si no se toman acciones contundentes.
Según explicó la ministra de Ambiente, Irene Vélez, el plan contempla varias estrategias: traslado de animales a otros países, confinamiento, esterilización y, como última medida, la eutanasia. Sin embargo, la falta de acuerdos internacionales para reubicar a los hipopótamos, además de los altos costos logísticos para transportarlos.
Otro problema que ha afectado a la adopción de estos animales en zoológicos o santuarios de otros países es la reducida diversidad genética que poseen, ya que la reproducción de los mismos ha sido entre los cuatro principales ejemplares que se trajeron en un inicio, lo que incrementa los defectos congénitos.
El gobierno destinará unos 7.200 millones de pesos (cerca de 2 millones de dólares) para implementar el programa, que busca reducir progresivamente la población en al menos 33 especímenes sacrificados al año.
La decisión ha generado una fuerte controversia. Mientras científicos y autoridades ambientales la consideran necesaria para evitar un daño ecológico mayor, sectores animalistas la califican como una medida extrema que evidencia fallas en la gestión previa del problema.
Más allá del debate ético, lo que está en juego es el impacto creciente de estos animales en los ecosistemas locales, como el manatí y la tortuga de río. Los hipopótamos alteran la calidad del agua con sus desechos, compiten con especies nativas y representan un riesgo para las comunidades humanas debido a su comportamiento territorial y agresivo.
La historia de los hipopótamos en Colombia comienza como una excentricidad. En los años 80, Pablo Escobar importó ilegalmente cuatro ejemplares —un macho y tres hembras— para su zoológico privado en la Hacienda Nápoles.
Tras su muerte en 1993, muchos de los animales fueron trasladados a zoológicos, pero los hipopótamos, difíciles de capturar y mantener, quedaron en libertad. Con el tiempo, escaparon de la hacienda y comenzaron a reproducirse en los ríos y humedales cercanos.

Décadas después, esos cuatro individuos dieron origen a la mayor población de hipopótamos salvajes fuera de África.
El problema no es solo su número, sino su impacto ecológico. Al tratarse de una especie no nativa, los hipopótamos modifican los ecosistemas que ocupan: consumen grandes cantidades de vegetación, alteran los ciclos del agua y desplazan a especies locales como manatíes, tortugas y peces esenciales para las comunidades ribereñas.
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Además, estudios han demostrado que su presencia puede provocar cambios en la química del agua, favoreciendo la proliferación de algas y afectando la biodiversidad acuática.
También afecta la vida humana local; a lo largo de los años incrementan los reportes de ataques a personas, persecuciones dentro de cuerpos de agua y pescadores que temen ser atacados mientras ejercen sus labores, según señala el Instituto Humboldt.
Este caso se ha convertido en uno de los ejemplos más visibles de cómo una especie introducida puede desencadenar una crisis ambiental compleja. Lo que comenzó como un símbolo del exceso y el poder terminó evolucionando en un desafío de conservación que enfrenta a la ciencia, la ética y la gestión pública.
Hoy, Colombia se encuentra ante una decisión incómoda pero urgente: intervenir para evitar un daño mayor, en un escenario donde ninguna solución es completamente ideal.