Islandia da un paso histórico para terminar con la caza de ballenas
Islandia se prepara para dar un giro histórico en su relación con la caza de ballenas. El Gobierno anunció que presentará en febrero de 2027 un proyecto de ley para prohibir permanentemente esta actividad con fines comerciales, una medida que dejaría a Noruega y Japón como los únicos países que continúan practicándola.
La iniciativa todavía debe ser discutida y aprobada por el Parlamento, por lo que la prohibición aún no está vigente. Sin embargo, el Gobierno cuenta con mayoría parlamentaria y la propuesta tiene un considerable respaldo político y ciudadano.
El anuncio llega mientras Islandia atraviesa una nueva temporada de caza. Entre junio y el 9 de septiembre de 2026 se habían capturado 80 ballenas de aleta, de acuerdo con Humane World for Animals, organización que monitorea la actividad. El límite recomendado para este año permite matar hasta 150 ejemplares, una reducción del 28% frente a la recomendación de 2025.
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Esta disminución fue establecida de manera precautoria porque todavía no han terminado de revisarse las estimaciones más recientes sobre la abundancia de la especie. El Instituto de Investigación Marina y de Agua Dulce de Islandia reconoció que la niebla y el hielo dificultaron el estudio de importantes áreas de alimentación durante el monitoreo realizado en 2024.
La ballena de aleta es el principal objetivo de la industria ballenera islandesa. Es el segundo animal más grande del planeta, después de la ballena azul, y se encuentra clasificada mundialmente como una especie vulnerable. Aunque algunas de sus poblaciones se han recuperado desde que disminuyó la caza industrial, siguen expuestas a amenazas como las colisiones con embarcaciones, el enredo en redes pesqueras, el ruido submarino y los cambios en el océano.
La caza en Islandia ha provocado protestas durante años, especialmente por sus consecuencias para el bienestar animal. Una investigación encargada por el Gobierno y difundida en 2023 encontró que algunas ballenas no morían inmediatamente después de ser alcanzadas con arpones. En ciertos casos, podían pasar hasta dos horas antes de su muerte.
Estos resultados llevaron a las autoridades a suspender temporalmente la actividad durante parte de la temporada de 2023 y posteriormente a imponer requisitos más estrictos. No obstante, la caza volvió a ser autorizada.

A finales de 2024, un Gobierno interino concedió una licencia por cinco años a Hvalur, la última empresa ballenera activa del país. El permiso puede mantenerse hasta 2029, lo que significa que la nueva iniciativa deberá modificar el marco legal que actualmente permite su funcionamiento.
Hanna Katrín Friðriksson, ministra de Industrias de Islandia, había expresado anteriormente su respaldo al fin de la caza y señalado que la legislación vigente, que data de 1949, se encontraba desactualizada. Para las organizaciones defensoras de los animales, el anuncio representa uno de los pasos más importantes dados hasta ahora para terminar con esta industria.
La Comisión Ballenera Internacional decidió en 1982 detener la caza comercial, una moratoria que entró en vigor durante la temporada de 1985-1986 y continúa vigente. Su objetivo era permitir que las poblaciones de ballenas, gravemente reducidas por décadas de explotación, pudieran recuperarse.
Islandia abandonó la Comisión en 1992 y regresó en 2002 con una reserva frente a la moratoria. Cuatro años después retomó formalmente la caza comercial. Noruega, por su parte, presentó una objeción a la decisión internacional y reanudó la actividad en 1993.
Japón siguió un camino distinto: se retiró de la Comisión Ballenera Internacional en 2019 y volvió a permitir la caza comercial dentro de sus aguas territoriales y su zona económica exclusiva. En los últimos años, Islandia, Noruega y Japón han sido los tres países que han reportado capturas comerciales.
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La moratoria no debe confundirse con la caza aborigen de subsistencia, reconocida y regulada por la Comisión en lugares como Groenlandia y Alaska. Esta última responde a necesidades nutricionales y culturales de comunidades indígenas y se considera una categoría distinta de la explotación con fines comerciales.
Si el proyecto islandés es aprobado, el país se sumará a la mayor parte de la comunidad internacional en el rechazo de esta práctica. La decisión no solo terminaría con una industria de larga tradición, sino que reforzaría el creciente consenso de que la recuperación de las ballenas debe prevalecer sobre su explotación comercial.