Aguas cálidas y El Niño producen huracanes más fuertes y duraderos
Una sucesión de huracanes intensos y persistentes llevó al Pacífico oriental y central a registrar en octubre un récord de energía ciclónica acumulada. El Niño y las aguas cálidas favorecieron la actividad en ambas regiones, según especialistas.
El récord reúne las tormentas al este de la línea internacional de cambio de fecha. Aunque NOAA monitorea por separado el Pacífico oriental y el central, el cálculo los considera como una sola zona.
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La intensidad y la duración de los sistemas han sido determinantes. La energía ciclónica acumulada, o ACE, se calcula a partir de la velocidad de sus vientos, con mediciones cada seis horas mientras mantienen al menos fuerza de tormenta tropical. Los ciclones que conservan vientos fuertes durante varios días elevan este indicador mucho más que las tormentas débiles y breves.
En el Pacífico, El Niño desplaza las aguas cálidas hacia el centro y el este de la franja ecuatorial. Los vientos alisios se debilitan y cambian las zonas donde el océano libera calor y humedad a la atmósfera. Con ese movimiento también se reorganizan las lluvias y la circulación de los vientos.
Las tormentas encuentran entonces una combinación favorable para desarrollarse, una capa de agua cálida que les aporta energía y menos cambios de velocidad o dirección del viento entre la superficie y las capas altas de la atmósfera. Esa diferencia, conocida como cizalladura vertical, puede desorganizar los ciclones cuando es fuerte. Al disminuir, facilita que mantengan su estructura y se fortalezcan.

Al otro lado del continente, el mismo fenómeno suele frenar la actividad. El Niño aumenta la cizalladura en el Atlántico y dificulta la formación de huracanes. Su influencia, sin embargo, se combina con las temperaturas de otras regiones oceánicas y con las condiciones atmosféricas de cada temporada. También se han registrado años de elevada actividad en el Pacífico sin El Niño.
Desde mayo, NOAA había anticipado una temporada por encima de lo normal en el Pacífico oriental, con un 70% de probabilidad. Su pronóstico contemplaba entre 15 y 22 tormentas con nombre, de las cuales entre nueve y 14 podrían convertirse en huracanes y entre cinco y nueve alcanzar categorías mayores. La previsión incorporaba el desarrollo esperado de El Niño durante la temporada.
Sobre esa variación natural actúa el calentamiento global. El aumento de la temperatura de la superficie del océano provocado por las actividades humanas probablemente está alimentando ciclones más potentes. A medida que la atmósfera acumula más humedad, también se proyectan precipitaciones más intensas asociadas a estos sistemas.
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Las proyecciones apuntan a una mayor proporción de ciclones de categorías 4 y 5, aunque la mayoría de los modelos prevé que el número total de ciclones tropicales disminuya o permanezca aproximadamente estable. Atribuir una parte específica del récord de esta temporada al calentamiento global requeriría un análisis particular del episodio.
El aumento del nivel del mar agrava, además, las inundaciones costeras que pueden acompañar el paso de los ciclones. A los daños por viento se suman las marejadas y las lluvias, cuyos efectos pueden extenderse cientos de kilómetros tierra adentro y continuar después de que una tormenta toca tierra.
La temporada del Pacífico oriental se prolonga oficialmente hasta el 30 de noviembre. La actividad acumulada no determina cuántos sistemas llegarán a la costa, sus trayectorias dependen de patrones meteorológicos que solo pueden anticiparse con mayor precisión cuando las tormentas se aproximan. Incluso en temporadas con pocos ciclones, una sola tormenta puede provocar un desastre.