Manglares e ingeniería se unen para proteger las costas
Frente al avance del mar, las marejadas y la erosión, proteger una costa no siempre implica escoger entre conservar un manglar o construir un muro de concreto. Una alternativa consiste en combinar ambos tipos de defensa para aprovechar la capacidad de los ecosistemas de disipar las olas y la resistencia de estructuras diseñadas para soportar eventos extremos.
Un estudio publicado en Communications Sustainability propone un marco para diseñar estas costas híbridas. Su planteamiento central es que la ingeniería y la ecología deben funcionar como un solo sistema, con objetivos que incluyan la protección de la población, la conservación de la biodiversidad y la adaptación al cambio climático.
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Las defensas naturales utilizan ecosistemas como manglares, marismas, dunas, arrecifes de coral y praderas marinas. La vegetación reduce la velocidad del agua, las raíces estabilizan sedimentos y los arrecifes actúan como barreras que debilitan las olas antes de que alcancen tierra firme.
Las defensas convencionales, en cambio, dependen principalmente de infraestructura construida: muros, diques, escolleras y rompeolas. Pueden ofrecer una protección definida y relativamente inmediata, pero también interrumpir el movimiento natural de sedimentos, degradar hábitats y desplazar la erosión hacia otros tramos de la costa.

Las soluciones híbridas articulan ambos enfoques. Un manglar o una marisma puede colocarse frente a un dique bajo; rompeolas sumergidos o barreras permeables pueden reducir la energía del oleaje para que la vegetación se establezca; y arrecifes naturales o restaurados pueden formar una primera línea de defensa antes de una estructura terrestre.
Según la revisión, las defensas híbridas tienden a resistir y recuperarse mejor de huracanes y marejadas que algunas costas protegidas exclusivamente con estructuras rígidas. El ecosistema absorbe parte de la energía antes de que llegue a la obra construida, mientras esta protege a la vegetación joven durante su establecimiento o ante condiciones que superan su capacidad.
Además, los componentes vivos pueden regenerarse, capturar sedimentos y adaptarse gradualmente. Una pared de concreto, por el contrario, conserva una capacidad fija y puede sufrir una falla abrupta si el nivel del agua o la fuerza del oleaje exceden los parámetros para los que fue diseñada. Esto no significa que la naturaleza sea indestructible; un manglar degradado, demasiado estrecho o formado por especies inadecuadas también puede perder eficacia.

Un análisis publicado en Nature Communications en 2024 encontró que las medidas híbridas alcanzaron, en el conjunto de estudios analizados, la mayor reducción de amenazas costeras. Las soluciones naturales e híbridas también resultaron más costo-efectivas que las defensas duras. Sin embargo, los autores advirtieron que los resultados dependen del contexto de riesgo y que no todas las alternativas sirven para todos los lugares.
Los beneficios pueden extenderse más allá de la protección física. Manglares y marismas almacenan carbono en su vegetación y sus suelos, sirven como criaderos para peces y sostienen actividades como la pesca y el turismo. Las raíces también retienen sedimentos y algunos contaminantes. La revisión destaca que los paisajes conectados. Por ejemplo, arrecifes, pastos marinos y manglares pueden brindar mayor protección que un hábitat aislado.
Estos hallazgos tienen aplicaciones potenciales para el Caribe, Centroamérica y otras costas latinoamericanas expuestas a ciclones, inundaciones y erosión.
Un estudio del Banco Mundial sobre Centroamérica encontró que una mayor anchura de manglar puede reducir los daños económicos provocados por huracanes en zonas expuestas a marejadas. En Jamaica, otra evaluación calculó beneficios directos de reducción de inundaciones superiores a US$2,500 anuales por hectárea de manglar.
En esos territorios, una defensa híbrida podría incorporar barreras permeables para retener sedimentos, rompeolas bajos que reduzcan el oleaje y espacios donde los humedales puedan desplazarse tierra adentro conforme sube el nivel del mar. Pero su viabilidad dependería de la topografía, las corrientes, el suministro de sedimentos, las especies nativas, la disponibilidad de terreno y las necesidades de quienes viven de la costa.
Agregar plantas a una obra no basta para convertirla en una solución basada en la naturaleza. Si un dique bloquea el flujo de las mareas, puede deteriorar el humedal que supuestamente protege. Un rompeolas mal ubicado puede acumular arena en un sector y aumentar la erosión en otro. La propia revisión cita casos de costas híbridas con manglares que pudieron generar erosión corriente abajo.
También existen costos de estudios, construcción, restauración, monitoreo y mantenimiento. En el Caribe, un informe del BID identifica obstáculos como la falta de datos, capacidades técnicas y financiamiento estable.
Por eso, el diseño debe comparar beneficios y perjuicios a escala de toda la costa, incorporar escenarios climáticos y definir quién recibe la protección y hacia dónde podría trasladarse el riesgo. La participación de comunidades pesqueras, pueblos costeros y autoridades locales no es un complemento decorativo, forma parte del conocimiento necesario para decidir dónde intervenir, cómo mantener el sistema y qué actividades o accesos podrían verse afectados.