Además de destruir el fondo marino, la pesca de arrastre libera más carbono
La pesca de arrastre de fondo captura alrededor de 19 millones de toneladas de peces e invertebrados al año, cerca de una cuarta parte de la pesca marina silvestre mundial. Pero esa capacidad de extracción tiene un costo ambiental, las redes pueden dañar los hábitats submarinos y alterar el carbono almacenado en sus sedimentos, un impacto que conecta esta actividad con el cambio climático.
En el arrastre de fondo, una embarcación remolca una red para capturar especies que viven sobre el lecho marino o cerca de él. Flotadores mantienen elevada su parte superior, mientras pesos y otros componentes sostienen la abertura inferior. A medida que avanza, el equipo reúne animales y los conduce hacia el extremo donde queda concentrada la captura, explica la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA).
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Existe también el arrastre pelágico, diseñado para operar a media agua. Sin embargo, un artículo de AP señala que sus equipos pueden tocar el fondo cuando las especies buscadas se concentran cerca de él. La diferencia entre ambos métodos no garantiza, por sí sola, que el lecho marino quede intacto.
Los efectos del contacto fueron examinados en un metaanálisis publicado en Fish and Fisheries en 2018. Tras revisar 122 experimentos, los investigadores encontraron que una pasada de equipos de pesca de fondo reducía, en promedio, un 26% la abundancia de invertebrados y un 19% la riqueza de especies. Los resultados variaban según el equipo, el hábitat y los organismos afectados.

La recuperación tampoco ocurre al mismo ritmo para todos. El estudio identificó una mayor vulnerabilidad en comunidades de organismos longevos y poco móviles, como esponjas, corales blandos y bivalvos. La perturbación reiterada puede modificar la composición de las comunidades, favoreciendo especies capaces de crecer y reproducirse más rápido. Así, los cambios van más allá de la pérdida inmediata de animales.
Otra consecuencia es la captura incidental: organismos que entran en las redes aunque no sean el objetivo de la pesca. Un estudio publicado en Scientific Reports en 2020 estimó que, entre 2010 y 2014, las pesquerías marinas descartaron unos 9.1 millones de toneladas anuales, equivalentes al 10.8% de las capturas. Las pesquerías de arrastre concentraron casi el 60% de esos descartes. Son cifras correspondientes a ese período, no una medición actual.
Entre los animales expuestos están las tortugas que descansan o se alimentan en el fondo. Según NOAA, quedar atrapadas puede provocar ahogamiento, lesiones y agotamiento. Los dispositivos que permiten su escape han reducido estos riesgos en algunas pesquerías, aunque no resuelven el daño físico a los hábitats.
El fondo oceánico también almacena carbono orgánico. Cuando los equipos remueven los sedimentos, parte de esa materia puede quedar más expuesta al oxígeno y a los microorganismos que la descomponen. Ese proceso puede producir dióxido de carbono (CO2), que inicialmente pasa al agua.
Un estudio de modelación publicado en Frontiers in Marine Science en 2024 analizó qué sucede después. Sus resultados indican que entre el 55% y el 60% del CO2 generado por la alteración del carbono sedimentario podría alcanzar la atmósfera en aproximadamente nueve años, contribuyendo al calentamiento global.
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Ese porcentaje se refiere al CO2 producido por el proceso modelado, no a todo el carbono almacenado en el fondo ni a todo el sedimento removido. La cantidad que efectivamente se transforma depende de procesos biológicos y físicos que todavía requieren investigación.
Los autores estimaron unas emisiones atmosféricas de entre 340 y 370 millones de toneladas de CO2 anuales para el período 1996–2020. Sin embargo, el cálculo depende de supuestos sobre la actividad pesquera y la descomposición del carbono. El propio estudio señala que hacen falta investigaciones de campo para reducir esas incertidumbres y precisar cuánto podría evitarse al limitar el arrastre.