Brote de hantavirus en crucero antártico expone el impacto del turismo masivo
El reciente brote de hantavirus detectado en el crucero polar MV Hondius volvió a encender las alertas sobre una tendencia que científicos y ambientalistas llevan años observando: el crecimiento acelerado del llamado “last chance tourism” o turismo de última oportunidad en la Antártida. Este fenómeno describe a viajeros que buscan visitar ecosistemas amenazados por el cambio climático antes de que desaparezcan o cambien irreversiblemente.
La preocupación surgió luego de que autoridades sanitarias internacionales investigaran varios casos de hantavirus relacionados con pasajeros del crucero, que había partido desde Ushuaia, Argentina, y recorrió la Antártida y varias islas del Atlántico Sur. Hasta ahora, se han reportado al menos cinco casos confirmados y tres muertes asociadas al brote.
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Aunque la Organización Mundial de la Salud considera que el riesgo de propagación global sigue siendo bajo, el incidente puso bajo escrutinio el aumento del turismo hacia regiones extremadamente frágiles y aisladas.
Según expertos citados por Euronews y otros medios internacionales, la cantidad de visitantes a la Antártida ha crecido de forma exponencial en las últimas décadas. En 2024, más de 80 mil turistas visitaron el continente helado, una cifra diez veces mayor a la registrada hace 30 años.
Gran parte de este incremento está impulsado por el temor de que los paisajes antárticos desaparezcan debido al calentamiento global. El derretimiento acelerado de glaciares, la pérdida de hielo marino y el aumento de temperaturas están transformando rápidamente uno de los ecosistemas más sensibles del planeta.

Sin embargo, científicos advierten que este mismo turismo puede terminar agravando los problemas ambientales que atraen a los visitantes en primer lugar.
“Los viajes a la Antártida deben regularse adecuadamente, como ocurre con cualquier sitio ecológico sensible y valioso del mundo”, señaló Claire Christian, directora de la Southern Ocean Coalition.
La principal preocupación es la posibilidad de introducir enfermedades, especies invasoras o contaminación en un ecosistema que evolucionó durante miles de años con muy poca intervención humana.
Para reducir esos riesgos, las expediciones turísticas ya aplican estrictos protocolos de bioseguridad. Los pasajeros deben limpiar botas, ropa y equipos antes de desembarcar para evitar transportar semillas, microorganismos o residuos biológicos. Estas medidas se reforzaron aún más tras la llegada de gripe aviar al continente antártico en los últimos años.
La Antártida se rige por el Tratado Antártico, que en 1959 consagró el territorio como una reserva científica destinada exclusivamente a fines pacíficos. Una serie de normas posteriores tienen como objetivo garantizar que todas las visitas, independientemente de su ubicación, no afecten negativamente al medio ambiente antártico ni a sus valores científicos y estéticos, según la secretaría del tratado.
El caso del MV Hondius también mostró cómo el aumento de los viajes internacionales puede complicar la respuesta sanitaria frente a enfermedades poco comunes. Las autoridades tuvieron que rastrear pasajeros que regresaron a distintos países después de desembarcar antes de que el brote fuera confirmado oficialmente.

El virus involucrado sería la variante Andes del hantavirus, una de las pocas cepas capaces de transmitirse entre personas en circunstancias específicas y contacto cercano. Normalmente, el hantavirus se contagia por exposición a excrementos o fluidos de roedores infectados.
Aunque las investigaciones apuntan a que los primeros contagios probablemente ocurrieron antes del embarque, durante actividades de observación de aves en Argentina, el episodio evidenció cómo incluso destinos remotos y aparentemente aislados forman parte de un sistema global interconectado.
El auge del turismo de última oportunidad refleja una paradoja creciente de la crisis climática. Mientras más personas desean conocer ecosistemas amenazados antes de que cambien para siempre, mayor es la presión humana sobre esos mismos lugares.
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“La actividad debe regularse adecuadamente, como se haría con cualquier otro sitio ecológico sensible y valioso del mundo», declaró Christian desde Hiroshima, Japón, donde se preparaba para una Reunión Consultiva del Tratado Antártico. Allí se sumará a los llamamientos para reforzar la protección de los pingüinos, ballenas, aves marinas, focas y krill de la Antártida, diminutas criaturas que se encuentran en la base de la cadena alimentaria.
Expertos en derecho ambiental y conservación citados advierten que, si la tendencia continúa, las visitas a la Antártida podrían cuadruplicarse durante la próxima década, superando los 400 mil turistas anuales.
La Antártida cumple además un papel fundamental para el equilibrio climático del planeta. Sus hielos ayudan a regular temperaturas globales, corrientes oceánicas y niveles del mar. Los científicos advierten que los cambios en esta región no se quedan allí, sino que terminan afectando al resto del mundo.
Por ello, investigadores y organizaciones ambientales insisten en que el futuro del continente dependerá no solo de reducir emisiones globales, sino también de establecer límites claros sobre las actividades humanas en uno de los últimos grandes territorios salvajes de la Tierra.