Por qué un hogar verde no funciona si está lejos de todo
Una vivienda puede ahorrar agua y energía, incorporar ventilación natural y utilizar materiales con menor impacto ambiental. Pero si está construida en la periferia, lejos del empleo, las escuelas y los centros de salud, sus habitantes probablemente deberán dedicar más tiempo y dinero a desplazarse. Parte del beneficio ambiental del edificio terminará diluyéndose en viajes largos y mayores emisiones.
Así lo explica la secretaria de Hábitat de la ciudad de Bogotá, Vanessa Velasco, en un artículo de Reuters.
Según Velasco, en 2025 Bogotá autorizó 3.4 millones de metros cuadrados de nuevos proyectos residenciales y el 61% fue registrado bajo algún sistema de construcción sostenible, como EDGE, LEED, CASA Colombia o Bogotá Construcción Sostenible. La funcionaria señala además que los proyectos certificados por EDGE abarcan unas 110,000 viviendas, incluidas 85,600 unidades de vivienda social.
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Estos datos muestran que los estándares ambientales han ganado espacio en el sector inmobiliario, pero requieren una lectura cuidadosa. Registrar o certificar un proyecto no garantiza por sí solo que los ahorros previstos se mantengan durante su operación. La propia columna reconoce que todavía existen dificultades para reunir datos sobre el desempeño real de los edificios, además de costos iniciales que pueden limitar la adopción de estas medidas.
La eficiencia de puertas hacia adentro es solo una parte del problema. El Banco Mundial advierte que la forma urbana influye directamente en las emisiones: la densidad, la combinación de usos del suelo, la conectividad de las calles y la facilidad para caminar pueden reducir la distancia y frecuencia de los viajes motorizados.
Por eso, una vivienda económica y eficiente puede dejar de ser verdaderamente asequible cuando está alejada de las oportunidades. Al pago de la casa se suman pasajes, combustible y horas perdidas en el transporte. En América Latina, donde durante décadas parte de la vivienda social se construyó sobre terrenos baratos en la periferia, esta desconexión ha contribuido a la segregación y a elevados costos de movilidad. Un estudio del Banco Interamericano de Desarrollo identifica precisamente el acceso a suelo bien ubicado y con servicios como uno de los grandes desafíos regionales.

Bogotá cuenta con elementos importantes para intentar esa integración, como el sistema de autobuses, una red de más de 630 kilómetros de ciclovías y cerca de 1,500 autobuses eléctricos. La cifra de estos últimos coincide con el recuento independiente del Consejo Internacional de Transporte Limpio, que registró 1,486 unidades al cierre de 2025.
Sin embargo, disponer de una flota eléctrica amplia no significa que todas las viviendas estén bien conectadas. Importan la cobertura de las rutas, las frecuencias, el costo del pasaje, la seguridad y el tiempo necesario para llegar a los destinos cotidianos. Algo similar ocurre con las ciclovías: el Instituto de Políticas para el Transporte y el Desarrollo estimó en 2024 que el 51% de la población de Bogotá vivía cerca de una vía ciclista protegida. Es un resultado destacado entre ciudades del Sur Global, pero también indica que la cobertura todavía no es universal.
La acción climática urbana tampoco puede concentrarse únicamente en nuevas construcciones. Millones de familias latinoamericanas seguirán viviendo durante décadas en casas ya edificadas, muchas con problemas de ventilación, humedad, consumo ineficiente o exposición a inundaciones y calor.
Bogotá ha comenzado a incorporar criterios ambientales en el mejoramiento de viviendas existentes mediante CASA Mejoramientos. El esquema contempla griferías y sanitarios eficientes, iluminación LED, ventilación natural, separación de residuos, materiales sostenibles y capacitación para las familias. Este enfoque puede reducir consumos sin demoler barrios ni romper redes comunitarias, aunque su alcance deberá evaluarse frente al tamaño de las necesidades habitacionales.
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La captación de agua de lluvia forma parte de estos esfuerzos. Tras la crisis hídrica que llevó a Bogotá a aplicar racionamientos, la ciudad comenzó a instalar sistemas básicos en viviendas para utilizar el agua recolectada en limpieza, riego y otras tareas que no requieren agua potable. La Secretaría Distrital del Hábitat planteó inicialmente incorporar 4,000 kits dentro de su programa de mejoramiento. Es una medida útil de adaptación, pero no sustituye la protección de las fuentes hídricas, la reducción de pérdidas en la red ni una gestión regional del agua.
La lección para las ciudades latinoamericanas no es copiar un supuesto “modelo Bogotá”, sino evitar políticas fragmentadas. Construir casas eficientes sin transporte accesible puede ampliar la desigualdad; electrificar autobuses sin conectar los barrios periféricos deja intactas las distancias; instalar sistemas de captación sin mejorar techos, drenajes y redes de agua reduce su impacto. Una vivienda será realmente sostenible cuando también permita acceder a la ciudad.