El Mundial 2026 terminó, pero su huella ambiental permanece
El Mundial de Fútbol 2026 reunió a millones de aficionados en Canadá, Estados Unidos y México, pero su impacto no terminó con el último partido. Un nuevo estudio estima que el torneo pudo generar alrededor de 4.23 millones de toneladas de dióxido de carbono equivalente, principalmente por los vuelos y desplazamientos de los espectadores.
La investigación, publicada el 16 de julio en la revista científica Communications Sustainability, analiza los costos climáticos y los beneficios económicos de los grandes eventos. Para demostrar su metodología, los autores estudiaron dos casos: la gira europea de Coldplay en 2024 y el Mundial de 2026.
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Aunque el torneo ya concluyó, el cálculo sobre su huella climática fue realizado antes del evento y se basa en estimaciones de asistencia, transporte, alojamiento, infraestructura y consumo. Por ello, la cifra no representa todavía un inventario definitivo de las emisiones generadas, sino una proyección científica de su magnitud.
El estudio calcula que el Mundial produjo una huella equivalente a las emisiones anuales de aproximadamente 298,000 personas en Estados Unidos, 488,000 en China o 785,000 en Europa. Cada asistente habría generado, en promedio, cerca de 1.8 toneladas de CO2, mientras que cada entrada vendida representaría aproximadamente 0.6 toneladas.
El Mundial 2026 fue el primero en ampliar la competencia de 32 a 48 selecciones y aumentar el número de partidos de 64 a 104. De acuerdo con los investigadores, esta expansión elevó las emisiones del torneo alrededor de un 16%.
Un Mundial con el formato anterior habría generado aproximadamente 3.64 millones de toneladas de CO2. La ampliación agregó unas 594,000 toneladas, cuyo costo climático fue estimado en más de 110 millones de dólares.

La mayor parte de la huella no estuvo dentro de los estadios. Alrededor del 82% de las emisiones estuvo relacionado con el transporte: 3.07 millones de toneladas procedieron de los viajes internacionales y otras 411,000 de los desplazamientos entre ciudades y dentro de ellas.
Los investigadores estimaron que el torneo estuvo asociado con alrededor de 3.4 millones de viajes aéreos de pasajeros. La enorme distancia entre las 16 ciudades sede, distribuidas en tres países, obligó a muchos aficionados a tomar vuelos para trasladarse entre partidos.
El alojamiento representó aproximadamente el 7% de las emisiones; la construcción temporal de estadios e instalaciones, el 5%; y los alimentos y bebidas, cerca del 2%. En total, el 97% de la huella correspondió a emisiones indirectas, aquellas que no provienen directamente de las operaciones de FIFA, pero que son provocadas o estimuladas por la celebración del evento.

La cifra de 4.23 millones de toneladas es menor que otras proyecciones. El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) señala estimaciones de entre 9 y 15 millones de toneladas de CO2. Una evaluación independiente del New Weather Institute, por ejemplo, calculó una huella de 9.02 millones.
La diferencia se debe principalmente a los supuestos utilizados. El estudio publicado en Nature estimó que el 57% de los asistentes viajaría en avión, frente al 75% considerado por el New Weather Institute, y aplicó factores de emisión actualizados. Estas variaciones muestran por qué todavía es necesario contar con información real y transparente posterior al torneo.
Los autores sostienen que los organizadores no pueden desligarse de las emisiones de los espectadores argumentando que fueron decisiones individuales. Los viajes se producen porque existe el evento y están condicionados por la ubicación de las sedes, el calendario, las distancias y las alternativas de movilidad disponibles.
Por ello, proponen aplicar el principio de responsabilidad compartida. Los aficionados deben considerar el impacto de sus desplazamientos, pero FIFA, las ciudades anfitrionas y otras entidades involucradas tienen mayor capacidad para modificar la estructura que determina esas decisiones.

Entre las posibles medidas se encuentran elegir sedes que reduzcan las distancias, organizar calendarios regionales, facilitar conexiones ferroviarias y de transporte público, aumentar el precio inicial de las entradas y devolver parte del dinero a quienes demuestren que utilizaron medios de transporte de menor impacto.
Las ciudades anfitrionas también dejaron ejemplos que podrían convertirse en beneficios permanentes. Según el PNUMA, Toronto impulsó rutas prioritarias de transporte público, infraestructura ciclista, vajillas reutilizables, estaciones para rellenar botellas y programas para rescatar alimentos. Seattle amplió servicios de transporte, restauró parques costeros y mantuvo un programa que desvía cerca del 90% de los residuos del estadio Lumen Field.

En México, la capital rehabilitó intercambiadores de transporte, habilitó siete rutas especiales hacia el estadio y promovió la estrategia “Gol por el Ambiente” para reducir plásticos desechables y gestionar los residuos. También fortaleció proyectos de ecoturismo, espacios para polinizadores y recuperación de áreas públicas.
Sin embargo, estas acciones locales no solucionan el principal problema identificado por el estudio: los viajes de larga distancia. Plantar árboles, instalar contenedores de reciclaje o reducir plásticos tiene beneficios, pero no puede compensar automáticamente millones de toneladas producidas por la aviación.
La investigación no plantea que los grandes eventos deban desaparecer. Su conclusión es que sus beneficios culturales y económicos pueden superar los costos climáticos bajo determinadas estimaciones, pero eso no concede libertad para contaminar sin asumir responsabilidades. Si el Mundial continúa creciendo, su planificación también deberá incluir límites ambientales, mediciones independientes y decisiones capaces de reducir emisiones antes de que comience el primer partido.