San Salvador pierde parte de El Espino, uno de sus últimos pulmones verdes
La defensa de El Espino volvió a colocarse en el centro de la discusión pública en El Salvador luego de que maquinaria pesada ingresara a una zona boscosa vinculada a la finca El Espino para iniciar los trabajos del nuevo Centro Internacional de Ferias y Convenciones, CIFCO.
Lo que para el Gobierno representa una obra de infraestructura y cooperación internacional, para organizaciones ciudadanas y ambientalistas significa la pérdida de una parte estratégica de uno de los últimos pulmones verdes del Área Metropolitana de San Salvador.
Según reportes de medios salvadoreños, la intervención comenzó a finales de mayo en un terreno de 55,711.13 metros cuadrados que había sido transferido al CIFCO en 2025 para la construcción de su nueva sede, un proyecto que será desarrollado con cooperación de China. Fotografías mostraron maquinaria, árboles removidos y una zona ampliamente despejada. El medio también reportó restricciones de acceso en los alrededores del área intervenida.
El movimiento ciudadano Todos Somos El Espino aseguró que la maquinaria ingresó durante la noche del 27 de mayo y denunció que los árboles ubicados dentro del terreno fueron removidos. La organización, que afirma haber reunido más de medio millón de firmas en defensa del bosque, sostiene que la tala no solo implica la pérdida de árboles, sino también de funciones ecológicas que no pueden recuperarse de inmediato con una jornada de reforestación.
El Espino no es únicamente un espacio verde dentro de una ciudad cada vez más urbanizada. Para ambientalistas, vecinos y especialistas, su valor está en los servicios ambientales que presta: ayuda a regular la temperatura, permite la infiltración de agua lluvia, ofrece refugio para fauna silvestre y funciona como un corredor ecológico para aves, mamíferos, reptiles e insectos.
La zona intervenida era parte del hábitat de decenas de especies de aves residentes y migratorias. Entre ellas se menciona la lora nuca amarilla, una especie en situación crítica en El Salvador y amenazada por la pérdida de hábitat y el comercio ilegal. Habitantes de zonas cercanas también reportaron la presencia de cusucos, cotuzas, tacuazines, culebras y otras especies que dependían de la cobertura vegetal para refugiarse y desplazarse.

La preocupación ambiental también está ligada al agua. La zona ha sido señalada por defensores de El Espino como un área importante para la recarga hídrica. En una ciudad donde la expansión urbana ha impermeabilizado cada vez más suelos con concreto y asfalto, perder vegetación madura puede significar menos absorción de lluvia, más escorrentía y mayor riesgo de inundaciones en comunidades ubicadas aguas abajo.
Por eso, el debate va más allá de cuántos árboles se talaron. La pregunta central es qué tipo de ciudad se construye cuando sus áreas verdes estratégicas son vistas como reservas de suelo disponible para nuevos proyectos. En contextos urbanos, los bosques no son espacios vacíos: son infraestructura natural. Enfrían, filtran, retienen agua, conectan hábitats y sostienen bienestar humano.
Ante las críticas, autoridades y representantes vinculados al proyecto han defendido que el nuevo CIFCO no se construirá dentro del Ecoparque El Espino ni en el Parque Bicentenario. La Embajada de China en El Salvador también afirmó que el área para la construcción ya fue definida, que no se removerán más árboles en la zona y que el proyecto ocupará únicamente el 30% del terreno, mientras el 70% restante será destinado a un área verde, ecológica y de convivencia.
El Ministerio de Obras Públicas anunció además la siembra de 20,000 árboles como medida ambiental. Sin embargo, Todos Somos El Espino respondió que sembrar nuevos árboles no reemplaza los árboles adultos talados. Su argumento es claro: un árbol recién plantado no ofrece de inmediato la sombra, la captura de agua, el refugio para fauna ni la regulación térmica que brinda un ecosistema con décadas de desarrollo.
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La ciencia sobre bosques urbanos respalda esa preocupación. Los árboles y bosques dentro y alrededor de las ciudades ayudan a reducir el efecto de isla de calor, mejorar la calidad del aire, proteger biodiversidad y gestionar el agua lluvia. Pero esos beneficios dependen de la cobertura, la madurez, el suelo, la conectividad ecológica y el mantenimiento a largo plazo. Una reforestación puede ser positiva, pero no compensa automáticamente la pérdida de un bosque adulto si no existe un plan técnico, monitoreo, especies adecuadas y condiciones para que esos árboles sobrevivan durante años.
El movimiento ciudadano ha solicitado suspender nuevas intervenciones, publicar el Estudio de Impacto Ambiental del proyecto, si existe, y abrir espacios de diálogo con las autoridades. También ha insistido en que su postura no es contra la construcción de un nuevo recinto ferial, sino contra ubicarlo en una zona que considera clave para la biodiversidad, la recarga hídrica y la salud ambiental de San Salvador.
Lo ocurrido en El Espino revela una tensión cada vez más común en las ciudades latinoamericanas: la promesa de desarrollo frente a la urgencia de conservar los ecosistemas que hacen habitable la vida urbana. En tiempos de calor extremo, lluvias más intensas y estrés hídrico, proteger los bosques urbanos ya no puede verse como un lujo ambiental. Es una decisión sobre seguridad, agua, biodiversidad y futuro.